Lo ocurrido en la elección de la rectoría de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca no puede verse como un simple proceso interno más, lo que debía ser una jornada democrática para definir el rumbo de la máxima casa de estudios terminó convertido en una elección marcada por denuncias, presiones y un evidente tufo de intervención política.
Y cuando la sospecha de fraude aparece dentro de una universidad pública, lo que pierde no es únicamente un candidato o un grupo universitario, lo que pierde es la credibilidad institucional, lo que pierde es la autonomía.
Durante días, la comunidad universitaria observó cómo el aparato político comenzó a operar alrededor de una candidatura claramente vinculada al oficialismo. Un perfil que hace apenas unas semanas formaba parte del gobierno estatal, para después aparecer como la “opción” para dirigir la universidad, y lo que vino después confirmó los temores de muchos: denuncias de coacción del voto, operadores políticos movilizando estructuras, presión sobre sectores universitarios y prácticas que recuerdan lo que presumen no conocer: una política rancia y autoritaria.
Resulta profundamente contradictorio escuchar discursos sobre transformación y democracia mientras, en los hechos, se utilizan métodos que violentan la voluntad de la comunidad universitaria. Porque comprar conciencias, presionar trabajadores o condicionar apoyos no es hacer política; es degradarla. Y lo más grave es que esto ocurre en un espacio que debería representar libertad, pensamiento crítico e independencia.
La universidad no nació para obedecer gobiernos, nació para cuestionarlos.
Por eso duele lo ocurrido, porque la rectoría no debería definirse desde las oficinas del poder político ni mediante acuerdos ajenos a la vida académica. La universidad pertenece a sus estudiantes, a sus docentes y a su comunidad; no a los intereses de un grupo que busca extender su control a todos los espacios públicos del estado.
Hoy, muchos universitarios sienten que les arrebataron algo más importante que una elección, les arrebataron la confianza, les hicieron sentir que su voz vale menos frente a las estructuras del poder y ese daño no se corrige con discursos triunfalistas ni con llamados artificiales a la unidad.
La autonomía universitaria no se pierde de un día para otro, se erosiona poco a poco: cuando el miedo sustituye al debate, cuando la operación política reemplaza a las propuestas y cuando la universidad deja de decidir por sí misma. Eso es lo verdaderamente preocupante.
Oaxaca necesita una universidad libre, no subordinada. Una universidad que forme jóvenes críticos, no generaciones acostumbradas a normalizar la imposición. Porque cuando el poder político conquista la universidad, el mensaje es devastador: ya no basta con gobernar las instituciones públicas, ahora también se busca controlar el pensamiento.
Pero la historia demuestra algo importante: ninguna imposición dura para siempre. Las universidades siempre terminan despertando porque su esencia es resistir, cuestionar y defender la libertad y tarde o temprano, la comunidad universitaria volverá a recordar que la autonomía no se mendiga… se defiende.

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