Por Jesús Madrid
Hablar de las juventudes en México se ha vuelto un lugar común en el discurso político, porque todos dicen escucharlas y dicen representarlas. Vaya realidad tan diferente, porque la realidad es otra: durante años, se les ha visto más como un sector al que hay que convencer en campaña que como una generación con la que se debe caminar todos los días, y si se sigue pensando eso, se seguirá en un error muy grande.
Las juventudes no quieren discursos ni promesas recicladas, lo que desean son oportunidades reales, espacios de participación y, sobre todo, respeto a su inteligencia, porque hoy son una generación informada, crítica y profundamente consciente de su entorno, es difícil engañarles, pero tampoco se les puede abandonar sin consecuencias.
Ahora sabemos que cuando a las juventudes se les cierra la puerta, el país pierde rumbo, y caminar con ellas implica mucho más que abrirles espacios simbólicos. Significa incluirlas en la toma de decisiones, reconocer su capacidad de liderazgo y entender que su visión del mundo no es el futuro… es el presente. En cada universidad, en cada comunidad, en cada espacio digital, hay jóvenes organizándose, cuestionando y proponiendo; ignorarlos no solo es un error político, es una irresponsabilidad social.
Hoy, muchos jóvenes enfrentan una realidad compleja: empleos precarios, incertidumbre económica, inseguridad y una creciente desconfianza en las instituciones, es por eso que no basta con decirles que son el motor del país; hay que darles condiciones para que realmente lo sean y eso implica políticas públicas serias, pero también una nueva forma de hacer política.
Una política más cercana, más honesta y menos vertical, ya que caminar con las juventudes también exige escuchar lo incómodo, es necesario escuchar sus críticas, sus reclamos, su desencanto, porque en ese malestar hay una oportunidad: la de reconstruir la confianza que durante años se ha deteriorado. Si no entendemos eso, seguiremos hablando solos, repitiendo discursos que ya no conectan con nadie.
Sin embargo, si decidimos caminar junto a ellas, el escenario cambia, las juventudes tienen energía, creatividad y una enorme capacidad de cambiar el rumbo de nuestro México. Estoy convencido que son quienes están redefiniendo las causas sociales, quienes impulsan nuevas formas de participación y quienes no temen señalar lo que está mal, así que acompañarlas no es una concesión, es una necesidad para cualquier proyecto que aspire a tener futuro.
Hoy más que nunca, México necesita voltear a ver a sus jóvenes, desde la responsabilidad de la acción, abriendo caminos, generando oportunidades y construyendo una política que no los utilice, sino que los incluya de verdad.
Porque al final, no se trata de que las juventudes sigan a la política, se trata de que la política aprenda, de una vez por todas, a caminar con ellas.


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